Las manifestaciones violentas y los conflictos en los centros educativos no constituyen una realidad estrictamente nueva. Lo nuevo son los mecanismos que se están implementando para transitar de esta Cultura de la Violencia a la Cultura de Paz.
Los conflictos forman parte inseparable del desarrollo de los seres humanos. En su interior encierran un gran potencial educativo, de educación para la vida, por lo que deberemos encontrar y desarrollar esas claves que incrementan las destrezas para la convivencia. Sin embargo, con frecuencia no sabemos cómo abordar estas situaciones y recurrimos a mecanismos que, frecuentemente, no hacen sino perpetuar el problema o sus consecuencias.

Toda acción pasa inevitablemente por desarrollar, en todos los agentes implicados, habilidades necesarias para su gestión. Se deberá dotar, además, de programas concretos que sistematicen y sirvan de referencia.
La socialización de los y las niñas se realiza en tres ámbitos fundamentales: la familia, la escuela y la comunidad. Tres ámbitos por otro lado muy interrelacionados, que por separado restan su capacidad educativa –el profesorado se queja de las familias, las familias de los centros educativos y todos de la sociedad– y que juntos pueden potenciar el objetivo final que es la formación de los y las menores.